Estados Unidos ya tiene sus primeros refugiados climáticos; una aldea de indios choctaw que viven en las marismas del bayou.

En Estados Unidos la pobreza de la tierra está inexorablemente unida a las reservas indias. Si se superpone un mapa de las reservas a otro de calidad agrícola, las zonas menos productivas coinciden con aquellas. En las encharcadas tierras de Luisiana, algunos de los asentamientos de los indios choctaw no son una excepción.

Los nativos americanos fueron expulsados de sus tierras por la avaricia de los blancos. La Indian Removal Act (Ley de Traslado Forzoso) de 1830 obligó a la mudanza de las tribus indígenas después de unas luchas desiguales que son conocidas como las “guerras indias”, que se dieron prácticamente por terminadas a partir de diciembre de 1890, cuando un grupo de pacíficos lakotas fue aniquilado en Wounded Knee, la última gran matanza de amerindios provocada por los blancos. La distribución de las tribus en el gran tablero norteamericano parecía definitivamente fijada. Hasta ahora, cuando el cambio climático está forzando un nuevo traslado: el de unos indios choctaw.

Los choctaw ocupaban originalmente el sureste de Estados Unidos en el gran bayou del delta del “Padre de todas Aguas”. En el siglo XIX, los estadounidenses los clasificaron como una de las “cinco tribus civilizadas” porque adoptaron numerosas prácticas de los colonos. No les valió de nada. Aunque nunca estuvieron en guerra contra Washington y firmaron hasta nueve tratados, fueron la primera tribu de nativos americanos obligados a reubicarse por la fuerza entre 1831-1833, como parte del traslado forzoso.

La mayor parte de los choctaw fueron llevados desde sus tierras situadas en el bayou, el fértil delta del Misisipí, a los desolados yermos del Territorio Indio (hoy Oklahoma). Por el Tratado de Dancing Rabbit Creek de 1831, los choctaw que eligieron quedarse en el recién constituido estado de Misisipí debían ser considerados ciudadanos estadounidenses; gracias a ello se convirtieron en uno de los primeros grupos étnicos no europeos en obtener la ciudadanía americana. Los miembros de la tribu Biloxi-Chitimacha-Choctaw, que habitan la isla de Jean Charles, son pues, ciudadanos estadounidenses de pleno derecho.

La Isla de Jean Charles es una franja de tierra de inmensa belleza paisajística y gran biodiversidad situada en los humedales de South Terrebonne Parish, a unos 150 kilómetros al suroeste de Nueva Orleans. El crecimiento y desarrollo de esa comunidad marismeña comenzó cuando Jean Marie Naquin, un buscavidas francés, se casó con Pauline Verdin, una nativa americana. Su familia repudió a Jean Marie por haberse casado con una india, por lo que él y Pauline se mudaron a la tierra que el padre de Jean Marie, Jean Charles Naquin, conocía bien porque había viajado hasta allí muchas veces como miembro de la tripulación del bucanero Jean Lafitte. De acuerdo con la historia oral de la tribu, eso sucedió a principios del siglo XIX. Cuentan también que Jean Baptiste Narcisse Naquin, nacido en 1841 y fallecido después de 1910, fue el primer jefe de los indios de  la Isla de Jean Charles.

La isla fue considerada “tierra pantanosa inhabitable” hasta 1876, cuando el estado de Luisiana comenzó a vender la tierra a particulares. Antes de ese año era ilegal que un nativo americano comprara tierras. El censo de 1880 de Terrebone incorporó como residentes de pleno derecho a los primeros compradores de tierras, cuatro familias, todas ellas emparentadas con los Naquin. Según el censo de 1910, el área ya se llamaba oficialmente “Isla á Jean Charles” y había crecido hasta dieciséis familias, todas descendientes de las primeras cuatro: un total de 77 personas. Las ocupaciones de los hombres eran las mismas que ahora, la pesca, las ostras y el trampeo.

Para los isleños es más que un simple lugar para vivir. Es el epicentro de la tribu y de sus tradiciones. Es donde sus antepasados sobrevivieron después de ser desplazados por las políticas la Ley de Traslado Forzoso y mantienen una porción original de la cultura bayou. Hoy, la tierra que los ha sostenido durante generaciones se está desvaneciendo ante sus ojos. Desde 1955, la isla ha perdido el 98% por ciento de su superficie debido a una combinación de erosión costera, hundimiento de la tierra, subida del nivel del mar y daños por huracanes, unas causas empeoradas por el cambio climático. Como resultado, de las algo más de 9.000 hectáreas que tenía la isla cuando se asentaron en ella los primeros choctaw, hoy solo queda una franja de 130 hectáreas.

Las tierras tribales están plagadas de una gran cantidad de problemas ambientales: erosión costera e intrusión de agua salada causada por los canales dragados por las compañías de petróleo y gas a través de las marismas circundantes, el hundimiento de la tierra debido a la falta de renovación del suelo debido a la construcción de diques que los separan de los aportes fluviales y a la subida del nivel del mar. Estos cambios ambientales han llevado a aumentar el riesgo de inundaciones y a cambios en las formas de vida tradicional. Durante más de quince años los nativos estaban planeando un reasentamiento para reubicar a su gente y asegurar un futuro para la tribu.

Hasta que se construyó una carretera en 1953, el único método de transporte hacia y desde la isla eran barcas y canoas. Durante varias décadas, las marismas se han erosionado y se han convertido en aguas abiertas, dejando la carretera expuesta a la erosión y a las inundaciones. Los ancianos creen que el trazado de la carretera no solo fue imprudente, sino que contribuyó a la erosión de la isla. Después de años de luchar para que la carretera se reparara y se levantara, en junio de 2011 se terminó la restauración y elevación del firme. En ese momento, las autoridades estatales les informaron que sería la última vez que la arreglarían. Hoy, siete años después, la carretera se inunda regularmente durante las tormentas tropicales, las mareas altas o cuando domina el fuerte viento del sur. Los choctaw están condenados a emigrar.

Los miembros tribales fueron apodados los primeros “refugiados del cambio climático” estadounidenses en 2016, el mismo año en que Trump ganó las presidenciales. Los choctaw, nacidos en una era climática llamada el Holoceno, son víctimas de otra distinta: el Antropoceno. Pero en lugar de un Moisés que los guíe en este páramo nuevo y peligroso, una banda de negacionistas encabezada por Trump los conduce (y nos conduce) hacia un peligro aún mayor: la extinción.

Manuel Peinado

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