El 14 de abril de 1964, hace hoy 55 años, en Silver Springs, Maryland, murió la bióloga marina estadounidense Rachel Louise Carson (n. 1907), sobre la que algunos años un catedrático de Ecología dejó escrito que «dicho de otro modo y telegráficamente: sin Primavera silenciosa, el libro de Rachel Carson, hoy seguramente no existiría Greenpeace».

En el libro, publicado en 1962 y citado más de diez mil veces en publicaciones científicas, Rachel Carson se enfrentó a uno de los problemas más graves —tal vez el más grave— que produjo el siglo XX y que el siglo que vivimos continúa agravando: la contaminación. El aire que respiramos, el agua que bebemos o con la que nos relacionamos, los alimentos, las especies animales y vegetales, todo, en definitiva, está contaminado, con productos —muchos de ellos tóxicos—de las actividades humanas.

Hoy, amenazados por el cambio global, somos muy conscientes de ello y la conservación del medio ambiente ha pasado a ser uno de los grandes temas de nuestro tiempo. Ahora bien, con frecuencia tendemos a olvidar que lo que hoy constituye un lugar común hace no mucho constituía una circunstancia conocida por pocos. Y tampoco es tan conocido como debería serlo que la publicación de Primavera silenciosa constituyó un momento particularmente importante para que el problema llegara a la sociedad.

Utilizando los recursos de varias disciplinas científicas, un lenguaje transparente y ejemplos estremecedores, Rachel Carson denunció los efectos nocivos que para la naturaleza tenía el empleo masivo de productos químicos como los pesticidas, en concreto del DDT, un producto que hasta entonces se había considerado muy beneficioso. Su ataque al DDT, al que calificaba de «elixir de la muerte», fue tan brutal como conmovedor:

«Por primera vez en la historia del mundo, todo ser humano está ahora en contacto con productos químicos peligrosos, desde el momento de su concepción hasta su muerte [] Se han encontrado en peces en remotos lagos de montaña, en lombrices enterradas en el suelo, en los huevos de pájaros y en el propio hombre, ya que estos productos químicos están ahora almacenados en los cuerpos de la vasta mayoría de los seres humanos. Aparecen en la leche materna y probablemente en los tejidos del niño que todavía no ha nacido».

Gracias a este libro —ahora considerado, con justicia, uno de los principales responsables de la aparición o, al menos, de su consolidación, de los movimientos ecologistas a favor de la conservación de la naturaleza—, la sociedad supo de los efectos nocivos que tenía el uso masivo de pesticidas. Primavera silenciosa consiguió lo que pocos textos científicos logran: iluminar nuestros conocimientos de procesos que tienen lugar en la naturaleza e interesar a la sociedad tanto por la ciencia que es necesaria para comprender lo que sucede en nuestro planeta, como por la situación presente y futura de nuestra existencia.

Prohibido el DDT desde 1972, otros venenos han ocupado su nicho. El nuevo DDT se llama glifosato, un plaguicida de uso indiscriminado, rociado en setos y jardines o pulverizado a gran escala sobre los campos de cultivo. El glifosato es el herbicida sistémico y no selectivo más utilizado en el mundo. Fue comercializado en 1974 por la multinacional Monsanto bajo la marca Roundup. Su precio competitivo y su gran eficacia han hecho que sea intensa y abusivamente utilizado en todo tipo de actividades agrícolas.

Desde su aparición en el mercado empezaron a conocerse sus funestos impactos sobre la biodiversidad, los suelos y las aguas. Como había ocurrido en el caso del DDT, se sospechaba que podía tener efectos cancerígenos sobre los humanos. En marzo de 2015 fue calificado por la Agencia Internacional para la Investigación contra el Cáncer (IARC) como “probablemente cancerígeno” al encontrarse “evidencias limitadas” de que los pesticidas a base de glifosato causaban cáncer en humanos, en concreto Linfoma no-Hodgkin (LNH).

Como habían hecho las compañías tabaqueras durante años, Monsanto reaccionó enérgicamente proclamando que ninguna investigación científica fiable demostraba una vinculación concluyente entre el glifosato y el LNH o cualquier otro tipo de cáncer. La empresa se apoyaba en los informes de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) que había calificado como “no probable” que el glifosato provocara cáncer en humanos. En sus comunicados de prensa, Monsanto acusó de comportamiento deshonesto a los científicos del IARC, quienes, según la compañía, no ponderaron de forma adecuada los datos de otros estudios importantes.

No opinan lo mismo los casi 9.000 enfermos de cáncer que están pleiteando contra Monsanto y su propietaria alemana Bayer acusando al glifosato como la causa de sus respectivos LNH. El primer fallo de un tribunal de California ha marcado el camino: la sentencia condena al pago de 289 millones de dólares a un jardinero municipal de San Francisco que ha desarrollado LNH después de fumigar a conciencia los jardines escolares de la ciudad californiana. Ante la que se avecina, las acciones de Bayer se desploman en la Bolsa alemana.

El pasado 10 de febrero de 2019 fue un mal día para Bayer y Monsanto. Ese día la revista ScienceDirect publicó los resultados de una investigación en la que se concluye que las personas con exposición a los herbicidas con glifosato aumentan en un 41% la probabilidad de contraer LNH. Las personas “con exposición” no son únicamente los operarios de Monsanto, los agricultores y los jardineros que lo preparan o lo fumigan, que van protegidos con vestimentas y equipos especiales sino los que están en mayor contacto sin protección, los que pasean por los caminos agrícolas, los que consumen los productos, los que gustan de los parques públicos o los niños que juegan en los jardines de las escuelas. Es decir, casi el total de la población.

Como ocurría con el DDT, con otros plaguicidas o con los metales pesados y muchos venenos, las evidencias están demostrando que el glifosato, además de hacer estragos entre los insectos, incluidas las abejas, se acumula en la cadena trófica y aparece en las cervezas alemanas y en la mayor parte de los cereales de desayuno (43 de los 45 que se sometieron a pruebas). Y nada menos que 31 de los 45 tienen niveles que superan los límites establecidos por la legislación alimentaria estadounidense. Su uso es tan masivo que cada vez que se investiga un producto alimentario sus trazas aparecen en casi todas las muestras.

Europa empieza a ser consciente de lo que está pasando. En abril de 2016, el Europarlamento instó a la restricción del uso del glifosato y el pasado 7 de marzo de 2019 el Tribunal de Justicia de la UE ha dictaminado que los estudios sobre la posible toxicidad del glifosato han de ser públicos. El Tribunal fundamenta su decisión en que el secretismo y la opacidad no tienen cabida cuando se trata de la salud y el medio ambiente.

Conscientes de que había que buscar una alternativa, los organismos de investigación europeos se pusieron manos a la obra a través del Programa Life. España ha tomado la iniciativa. Life ha destinado 1,3 millones de euros para financiar un proyecto que desarrolla la Cátedra de Medio Ambiente de la Fundación General de la Universidad de Alcalá. El proyecto, denominado Lignobiolife, tiene como objetivo convertir restos de biomasa forestal residual en bioproductos avanzados, entre ellos un sustituto biológico y no tóxico que reemplace al glifosato.

El equipo investigador trabaja con un herbicida natural al que, por su alto contenido en acético, han llamado ‘vinagre de madera’, un líquido de más de 200 compuestos orgánicos que ha funcionado a la perfección en todas las pruebas desarrolladas hasta ahora.

Si Lignobiolife cumple sus objetivos, en 2022, sesenta años después de la publicación de Primavera silenciosa, el libro en el que Rachel Carson denunció el mortífero DDT, podría haber un veneno menos campando por territorio europeo.

Manuel Peinado lorca

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