Frente de Madrid, 1937

      


 

 

 

Una vista del Frente de Madrid en 1937

 

 

La imagen fue publicada en la revista falangista "Vértice", 

correspondiente al mes de Diciembre de 1937. 

 

 

El pie de la foto dice (literalmente) así:

"Esta admirable fotografía de dos metros de extensión donde se recoge en toda su amplitud el frente enemigo en las líneas que rodean Madrid se debe al arte y a la maestría del doctor Zurriaraín, quien la ha obtenido, fuera de las trincheras, con auténtico riesgo, para ofrecerla gentilmente a la revista VERTICE y a sus lectores. Ved aquí, casa por casa, de uno a otro de sus extremos la capital de España al alcance de la mano".

 

 

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¡No te pierdas el texto que sigue a la fotografía! (al final de la página).

 

 

          La fotografía viene acompañada del siguiente texto escrito por Edgar Neville:

 

          Te veo frente a mí, y eres como un espejo, Madrid. Mi amor por tí sigue la estela de las granadas necesarias. Por las calles que se abren a nuestra mirada sube la emoción. de los madrileños que te vemos a diario desde estas trincheras. ¡Paseo de los Pontones, de las Delicias, y esa puerta de Toledo con una barricada tras de la cual vemos pasar, tal vez, amigos nuestros!  

          -¡Y el Palacio Real...! ¿Qué se hicieron las palomas, los húsares y las niñeras? Detrás, la Plaza de Oriente. ¿Dónde guardas los cochecitos de nuestra infancia? (que no suba el niño que hay sarampión). Y los reyes gigantes sobre su pedestal.¿tiraron ya su bomba de mano?

          ¿En qué desván guardaron su pífano los alabarderos? ¿Qué tarde de crimen se afeitaron la mosca? Plaza de Isabel II, calle del Arenal (en verano el asfalto se ablanda y sellamos al pasar nuestra fe de vida. Surgen horchaterías en las esquinas y en las tiendas de persiana).

          Madrid, lleno de encanto, de olor de acacias, de estilo. Tú sabes que no luchamos contra ti sino por ti. Te das cuenta de que nuestras granadas son para defenderte de los que te invadieron y de los que te profanaron asesinando a tantos madrileños finos y recortados. Son para esos Isidros que se quedaron, para esas gentes de fuera que habían transportado, como gitanos, sus pueblos a tus alrededores, a Tetuán, a Vallecas, a las Ventas, y con ellos su rencor y su envidia por tu pureza diáfana, por tu garbo y tu donaire. Les había dado por llamarse también madrileños, pero no lo eran; el pueblo de Madrid vivía en los barrios bajos, tal vez, pero nunca en Tetuán ni en barrios que se llamasen el Progreso, ni el Comercio...Madrid limitaba al Norte con Cuatro Caminos...

          Levantaremos murallas, Madrid, para que nos dejen en paz, una vez que hayamos expulsado a los Isidros. Vamos a ser más exigentes con las visitas, Y vamos a impedir que dejen de serlo y que se instalen junto a nosotros para, de repente, estrangularnos como ahora.

          No te importen los agujeros y los derribos. ¿Cuándo no los tuviste? Si siempre hemos andado buscando un tesoro en todas las calles. No te importen los agujeros. Era necesario tener esa criba para depuramos todos.

          Si vieras cómo te echamos de menos, si vieras cómo deseamos tu aire, tu innata capitalidad. Sentimos tu halo no más trasponer la Sierra, y nos beneficia el aproximamos a ti, se nos quitan ñoñeces, vemos más grande, somos más generosos, más comprensivos. Y es que somos más fuertes y es que nos sentimos más en equilibrio al estar en el centro de España.

          Viéndote. desde el ángulo en que te miraron los grandes pintores es como te apreciamos en tu más prístino perfil, cúpula, techos de pizarra, granito a veces y sobre todo ladrillo sobre el cielo azul. A ti no te van las fábricas, ni las chimeneas, tú eres la Villa. y Corte y te sientan los simpáticos menestrales. Los rebaños, las masas, eso, que discurra fuera, en otros lugares más apropiados.

          Madrid inteligente, que sabes encontrar siempre el equilibrio, que ponías tu sello a lo qué parecía extranjero. No eran tus hijos los que más alborotaban, eran gentes que llegaban de los pueblos a dar gritos a la Puerta del Sol, y nosotros les dejábamos como si estuvieran vendiendo algo.

          Y nos estaban vendiendo a nosotros.

          Aquí estamos, Madrid, los que llenamos nuestros pulmones por vez primera con tu aire perfecto, los que te vimos remozarte piedra a piedra, aquí estamos, enfrente, a flor de tierra. Unos ya desde el paisaje goyesco, carabanchelero; otros, desde el país velazqueño de la Casa de Campo; muchos, volviendo a pisar esa Moncloa que aún guarda huellas de nuestro aro o parapetándose detrás de unos bancos, que aún tienen grabados los nombres de nuestro amor. Aquí esperamos la orden del día fijado, que más que una orden nos parecerá un permiso, unas vacaciones para volver a nuestra casa.

 

 

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